Una muerte pequeña, un símbolo enorme: The Trials of Gabriel Fernandez

El abuso infantil es un tema controversial que confronta la manera en que nuestra cultura comprende la actuación de la ley, como un medio para procurar todas las herramientas para la protección de niños en situaciones vulnerables.

La docuserie de Netflix The Trials of Gabriel Fernandez, no sólo analiza desde un ángulo doloroso uno de los casos más sonados de los últimos años, sino que muestra sus puntos más oscuros. Desde la violencia doméstica hasta la burocracia obsoleta, se trata de un recorrido escalofriante por un sistema desbordado que, de una u otra forma, permitió la muerte de un niño. 

En primavera del año 2013, el niño de ocho años, Gabriel Fernandez, fue encontrado inconsciente por su hermano en el departamento que ambos compartían junto a su madre Pearl y su novio, Isauro Aguirre. En la docuserie The Trials of Gabriel Fernandez de Brian Knappenberger, se escucha a Pearl telefonear a emergencias en un tono de voz frío y neutro. Poco después, es Isauro el que intenta dar detalles sobre lo sucedido. Parece un poco más nervioso e inquieto que su pareja y titubea al teléfono. Ambos coinciden en la misma versión “Entró en la bañera”. Una frase escueta, simple, que repiten sin cesar una y otra vez. 

No obstante, la condición de Gabriel era lo suficientemente grave como para Christene Estes, la enfermera de Guardia en el Hospital Antelope Valley la noche en que el niño fue atendido, lloré frente a la cámara y describa con voz temblorosa el estado en que Gabriel llegó al centro de salud. No sólo apenas respiraba, sino que, además, tenía todo tipo de marcas, cicatrices y heridas que mostraban el mapa de un abuso continuado y de considerable duración, que devino en lo que parecía ser una paliza mortal. El niño presentaba desde heridas de bala a abrasiones en la piel tan graves que mostraban la superficie del músculo y todo tipo de lesiones craneales. 

The Trials of Gabriel Fernandez

The Trials of Gabriel Fernandez es un recorrido espeluznante no sólo por los menores del caso — que sin otro añadido resultan de una crueldad inquietante — si no también, por cada uno de los elementos que permitieron que Gabriel Fernandez fuera torturado y por último asesinado por su padrastro. Todo mientras que una serie de denuncias realizadas por maestros y familiares intentaban que el Departamento de Servicios para Niños y Familias del Condado de Los Ángeles (DCFS en sus siglas en inglés) interviniera en el caso. No ocurrió. De hecho, uno de los aspectos más escalofriantes de la circunstancia, es que Gabriel fue abandonado por las autoridades y el sistema legal que debía protegerle, debido a una larga, tortuosa y obsoleta burocracia que permitió los abusos a lo que fue sometido. Durante los ocho meses en que Gabriel vivió junto a su madre y la pareja de esta, su caso fue denunciado en al menos tres oportunidades, sin recibir otra respuesta que una serie de procedimientos ineficaces que al final, de una manera u otra, provocaron el fatal desenlace. 

De hecho, uno de los puntos más fuertes de la producción, es su capacidad para narrar la situación que Gabriel vivió desde varios ángulos paralelos. Desde su doloroso peregrinaje entre los hogares de varios de sus familiares hasta la llegada al departamento de Pearl (que reclamó la custodia del niño para acceder a ayuda monetaria del Estado), hasta lo que ocurrió durante los meses en que fue víctima de quizás uno de los más espantosos casos de agresión infantil de los cuales se tenga noticia en la historia judicial reciente de Norteamérica. Knappenberger recorre con mirada crítica el ineficaz funcionamiento interno del DCFS, y además, pone en tela de juicio la actuación de los diversos funcionarios a los que los maestros y parientes de Gabriel acudieron en busca de ayuda.

Resulta escalofriante la forma dura, directa y pormenorizada en la que el director desentraña una historia de equívocos, vinculados directamente al hecho que los entes de administración de justicia norteamericanos parecen sobrepasados por el volumen de trabajo y además, por la incapacidad de manejar de manera directa casos de extrema de gravedad. 

La docuserie hace un especial énfasis en el hecho que la administración de justicia estadounidense se encuentra en un peligroso y cuestionable punto, superada su capacidad para atender situaciones puntuales que necesitan algo más que una reacción inmediata. Por ese motivo, el fiscal de distrito del condado Jackie Lacey, presentó cargos de abuso infantil no sólo contra Pearl e Isauro, sino también contra los cuatro trabajadores sociales que manejaron el caso de Gabriel. Esta maniobra legal inédita busca hacer hincapié en la deficiente actuación de los funcionarios, que además de ignorar las pruebas sobre el abuso que sufría la pequeña víctima, se ampararon bajo un sistema rudimentario de denuncia para evitar involucrarse en lo que sin duda, era una situación de índole violenta que ponía en riesgo la vida de Gabriel. El niño nunca abandonó la tutela de Pearl a pesar de la crítica situación física del niño y de las numerosas denuncias y peticiones de auxilio independientes que intentaron salvarle. 

Un misterio desgarrador

Desde el primer episodio, Knappenberger deja claro que la producción completa es lo suficientemente cruda y elocuente, como para mostrar el abuso infantil más allá de las anécdotas dolorosas y las narraciones en tercera persona que productos parecidos acostumbran a mostrar. De hecho, la decisión de la producción es mostrar al espectador las consecuencias reales de una circunstancia violenta, abrumadora e inhumana que convirtió a Gabriel Fernandez en una víctima que no sólo no pudo ser socorrida. Además, muestra los agujeros de negligencia administrativa de un sistema que fue incapaz de procurarle la protección que necesitaba. La docuserie, enseña como el Fiscal decidió casi desde el inicio del juicio, que se trataba de un crimen capital — lo que puede suponer penas de muerte y cadenas perpetúas para los culpables — y, además, dejar claro que el crimen cometido contra Gabriel fue una confluencia notoria de descuido y una considerable pérdida de la capacidad del Estado para manejar el caso de manera apropiada. 

¿Pero se trata sólo de Gabriel Fernandez? Lo más inquietante de lo que plantea la producción es la posibilidad que la muerte del niño sea sólo la punta del iceberg de algo más preocupante, duro y cruel. Una percepción sobre una estructura legal incapaz de afrontar el aumento de cifras sobre delitos contra menores, que, además, debe lidiar con funcionarios poco motivados o directamente indiferentes hacia situaciones de considerable gravedad. Gabriel, que fue alumno de la red de escuelas públicas de Los Ángeles y, de hecho, fue interrogado por maestros y supervisores sobre sus condiciones de salud, no sólo no recibió la oportuna consideración que un caso tan evidente ameritaba, sino que fue además, ignorado y dejado en medio de una situación cada vez más violenta y peligrosa. La docuserie enfoca el interés de su hilo argumental hacia la cuestión inquietante y notoria que la muerte de Gabriel es sólo la más famosa en medio de una serie de errores administrativos y legales. Esto convierte a los servicios de protección al menor estadounidenses en poco menos que estructuras carentes de poder real para lograr el crítico objetivo de garantizar la seguridad jurídica de los niños a su cargo. 

De modo que, el hecho que Lacey tomara una decisión legal tan poco frecuente en California — los delitos contra menores no suelen ser considerados penales — deja claro una hipótesis directa. Gabriel es el símbolo de algo más grave, peligroso y perturbador de lo que parece a simple vista. Knappenberger acentúa la percepción sobre la incapacidad del Estado de California para actuar por medios legales, pero también, la forma en que Norteamérica reflexiona sobre sus debilidades legales. Cuando el propio fiscal es entrevistado, su punto de vista se funde con la percepción general que Gabriel fue abandonado. Nadie acudió a su ayuda ni mucho menos, pudo optar a la protección que podría brindar la ley estadounidense. Jonathan Hatami, cabeza visible del caso, también expone las mismas dudas y la incertidumbre notoria que genera el hecho que Gabriel murió en medio de una espantosa situación de la cual el condado tenía conocimientos. ¿Se trata de omisión? ¿Indiferencia? ¿Incapacidad? Knappenberger hace que su serie se lo pregunte en voz alta y lo hace con una medida capacidad del guión y el hilo narrativo para enumerar con cuidado las condicionantes que convirtieron a Gabriel Fernandez en una víctima en medio de todo tipo de maltratos físicos y también, una estadística sin nombre en un sistema caníbal. 

Uno de los grandes triunfos del programa es lograr separarse del leve amarillismo de los habituales y cada vez más populares True Crimes, para llegar a una conclusión intelectual profunda y válida sobre el caso que denuncia. No se trata únicamente de mostrar lo que ocurrió puertas adentro del hogar de los Aguirre — que se muestra —  también de elaborar una hipótesis contundente sobre las condiciones que permitieron un asesinato que pudo ser evitado de varias formas distintas. Desde recorrer los laberínticos procedimientos de los servicios al menos del Condado de los Angeles, hasta lograr encontrar el momento exacto en que el sistema falló. The Trials of Gabriel Fernandez es un intuitivo e inteligente recorrido por la percepción sobre la ley en un país que se vanagloria sobre su probidad y acceso a la justicia, pero que, en realidad, está lejos de comprender las pequeñas grietas que sostienen y condicionan la aplicación de la ley. 

La crueldad silenciosa

Para el tercer capítulo, ya es evidente que Knappenberger y su equipo descubrieron lo que, sin duda, es el eje motor del docuserie y también su principal planteamiento: ¿Se pudo evitar la muerte de Gabriel? Resulta especialmente impactante el hecho que el niño fue torturado, golpeado y herido durante meses y que la evidencia corporal era tan clara, como para despertar las alarmas entre maestros y otros adultos a su alrededor. Cada testimonio — que describe de manera directa como la percepción de Gabriel como víctima fue siempre difusa y confusa —, deja en evidencia que la escalada de violencia contra el niño aumentó hasta el desenlace fatal debido en gran parte por la inacción de quienes podían detenerlo. 

Desde la madre — Pearl no detuvo, sino que además alentó a Isauro a golpear a Gabriel — hasta los cuatro asistentes sociales que declinaron ejercer mecanismos legales que habrían permitido al niño evitar meses de horrores, The Trials of Gabriel Fernandez, asume la tragedia de la muerte como una conspiración a escala doméstica cuya base fue la plena indiferencia. Una y otra vez, los capítulos — maravillosamente articulados gracias a una edición impecable — narran la historia en paralelo, mostrando las condiciones de la víctima a la vez, de lo que ocurría puertas afuera. Como si se tratara de una confluencia inquietante de factores para permitir una tragedia inimaginable, la producción logra construir un alegato por la vida y la justicia mucho más contundente que el puro morbo o la capacidad de las imágenes para impactar a la audiencia. 

Por supuesto, la docuserie está llena de escenas impactantes, como los juicios de Fernández y Aguirre, en los que los detalles sobre las torturas sufridas por Gabriel serán mostrados en toda su crudeza. Pero para Knappenberger, es mucho más importante el recorrido por leyes ineficaces, funcionarios negligentes y al final, las enormes y peligrosas grietas en las que víctimas como lo fue Gabriel, pueden caer hasta desaparecer en medio de un sistema saturado y violento en su naturaleza anónima. Una muerte que simboliza otras tantas. Una puerta abierta hacia los terrores inexplicables de una cultura incapaz de reconocer sus propias heridas. 

 

-- Aglaia Berlutti --

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