En un mundo sin Drácula, la historia de Castlevania se hace más poderosa que nunca

Luego de la shakesperiana muerte de Drácula en la temporada pasada, Castlevania tenía por delante el reto de maniobrar con la notoria ausencia de su personaje más destacado, además de su centro motor emocional.

En la tercera temporada de Castelvania, Warren Ellis demuestra que no sólo superó las expectativas de los fanáticos, sino que construyó toda una nueva dimensión de la ya icónica historia sobre la lucha de los vampiros contra la especie humana. 

En la primera secuencia del primer capítulo de la nueva temporada de Castlevania, Alucard/Adrien Tepes deambula por la soledad desolada del castillo que heredó de sus padres y el bosque que le circunda. Tal vez, sea la mejor decisión del guion: el personaje es un hombre dividido entre dos naturalezas, que en apariencia, parece haber escogido una de ellas para definirse a sí mismo. Radiante en belleza y una latente naturaleza secreta, el hijo de Drácula y su fallecida esposa va de un lado a otros entre la cenizas de lo que fue su vida familiar. 

Por otro lado, Trevor y Sypha recorren los caminos en lo que parece una épica mínima de una lucha contra los monstruos que la fallida y colosal venganza de Drácula dejó a su paso. Los caminos del trío se han separado y de hecho, parecen no destinados a unirse de inmediato. Y quizás, es esa narración paralela de dos realidades distintas y una connotación mucho más profunda de los personajes lo que la hace tan atractiva y brillante. El argumento de la nueva temporada de la serie guionizada por Warren Ellis tiene la cualidad de redimensionar la historia original (basada a su vez en la exitosa franquicia de juegos de vídeo de Konami) hasta convertirla en un poderoso y extraño recorrido entre la manipulación, el odio, los misterios de la magia, lo erótico, la soledad y el desarraigo. Todo, bajo el empaque de la habitual historia de acción tan familiar para los fanáticos y más allá de eso, como una narración independiente de considerable solidez. 

Porque sin duda, lo que más sorprende sobre tercera temporada de Castlevania es su madurez, profundidad y el tono definitivamente adulto que la convierten en una propuesta que rebasa con holgura las limitadas fronteras de su identidad como producto de consumo masivo. Sin duda, se trata de Castlevania, el magnífico y brillante escenario de batallas épicas entre vampiros y hombres, pero también de una cuidada escenografía para meditar sobre filosofía, preguntas existenciales y sobre todo, la noción de lo eterno y la finitud como extremos de una misma percepción sobre la vida. Sorprende como la historia de Castlevania se transformó de una gran y lujosa puesta en escena para adaptar una de los hitos de la cultura de videojuegos para evolucionar hacia algo mucho más elaborado, complicado y sin duda, inquietante. Se trata de una historia llena de matices emocionales, pero también una en la que sus personajes deben recorrer sus penurias más intrincadas para encontrar respuestas a su identidad. 

Muerte, vida y los enigmas entre ambas cosas.

Si las dos anteriores temporadas fueron un recorrido por la desgraciada y sin duda trágica caída en los Infiernos — y nunca mejor dicho — de Drácula, la tercera está mucho más interesada en los supervivientes a la conflagración. Resulta singular la manera como el argumento desdeña la posibilidad de crear encuentros episódicos entre sus principales personajes y termina por crear arcos individuales que juntos, sostienen una historia tan rica como compleja, que además completa con buen pulso las intenciones de los primeros atisbos sobre sus historias personales.

De manera que mientras Alucard intenta lidiar con su pasado y con su naturaleza híbrida (y también con la soledad), sus antiguos compañeros de batalla crecen por separado y se transforman en un atractivo y eficaz dúo de batalla que, sin duda, es lo más relevante durante los primeros capítulos. Tanto Sypha como Trevor tienen identidades definidas, pero también se complementan unos a otros, lo que le permiten analizar y recorrer la concepción sobre su existencia, ya no como parte de una Guerra colosal a punto de desatarse sino como testigos de excepción de algo mucho más complicado de explicar y comprender. 

Castlevania en su tercera temporada, apuesta a los pequeños detalles como un engañoso señuelo para desarrollar todo tipo de hilos argumentales que tarde o temprano terminarán por hilar un tapiz cuidadoso de emociones, pensamientos e incluso, perspectivas filosóficas. Carmilla, la rubia vampira de violenta capacidad para el liderazgo que realizó la jugada maestra en la temporada pasada, atraviesa en esta ocasión Europa para llegar a su hogar, en el cual le esperan un grupo de nuevo personajes que no sólo permiten profundizar en su personalidad, sino que crean un contexto adecuado para comprender el origen y la connotación de su fortaleza.

Por su parte, los forjadores Isaac y Héctor recorren extremos distintos del espectro: mientras el primero atraviesa el mundo para vengar la querida memoria de Drácula, el segundo va de un lado a otro como un rehén reducido a dolor y humillación. Entre ambas cosas, el mundo es un escenario tenso, a la espera que algo más inquietante y doloroso ocurra. 

No obstante, el guion no se prodiga con facilidad y avanza con lentitud por sus escenarios conocidos, exigiendo un poco más de paciencia de la usual a los espectadores. Pero vale la pena el ritmo pausado, elocuente e inteligente que atraviesa no sólo en la connotación sobre los monstruos humanos y seres humanos monstruosos, sino que sostiene con habilidad algo más elaborado: una personalidad tan firme como poderosa. Castlevania es algo más que un producto terciario que homenajea a uno más grande.

Es de hecho, una adaptación que dialoga con sus especiales conflictos y toma todo tipo de retos para asombrar y desconcertar en su último tramo. Quizás este es el momento en el cual es más evidente que nunca la intención de sus creadores por elaborar una épica formidable sobre el bien, el mal y la naturaleza del dolor espiritual, tanto en hombres como en las formidables criaturas que le acechan desde la oscuridad. 

Lo erótico, la violencia sexual y al final, un ciclo oscuro. 

Hasta ahora y quizás por sus pocos capítulos, Castlevania había llevado de manera un poco apresurada las relaciones emocionales y románticas de sus personajes. Pero con diez capítulos a su disposición, en esta ocasión la serie se toma muchas molestias para explayarse en la intimidad de no sólo su trío protagonista, sino las nuevas adiciones a su Universo. Y es algo de agradecer: el tono adulto, pero levemente ligero de las anteriores temporadas, se convierten en un recorrido inquietante y doloroso por situaciones que lejos de intentar crear una simple historia de acción con raíces mitológicas, elabora algo más elocuente.

La decisión de mostrar el amor físico entre sus personajes — y también, la sutil manipulación que sufren algunos, así como elementos de directa violencia sexual — no sólo enriquece la narración, sino que, además, la dota de una persistente condición de gran y relevante recorrido por lo humano y lo sobrenatural. Todo en medio de singulares consideraciones sobre las heridas emocionales y los horrores que pueden guardar los secretos que se llevan a cuestas. 

En particular, resulta deslumbrante la forma como el guion construye todo un recorrido hacia la oscuridad de Alucard. Hasta ahora un personaje que dependía casi por completo de la sombra de su padre — tal y como su nombre lo indica — y que, en esta oportunidad, se convierte en una criatura construida en el fuego de un tipo de sufrimiento profundo y violento que desconcierta por su dureza y la manera cruda de mostrarlo. La serie toma la audaz determinación de mostrar un punto de ruptura definitivo en la vida del hijo de Drácula y lo hace, con una de las escenas más despiadadas en una historia que hasta ahora, se destacó por su sobriedad de su tono y ritmo. 

Otro tanto ocurre con Héctor, que luego de sobrevivir a duras penas a Carmilla, debe enfrentarse al reverso más radiante de la naturaleza vampírica: el seductor. Para el forjador de criaturas, se trata de un recorrido desde la deshumanización hacia algo más retorcido: el encuentro de los últimos restos de su identidad en medio de una relación ambigua y misteriosa que al final, tendrá una apoteosis de extraordinaria belleza cruel, que cierra el primer ciclo de Héctor para llevarle directamente a una nueva y por ahora, desconocida historia. 

Para Trevor, hombre fuerte y de pocas palabras, la temporada tres es toda una mirada a su vulnerabilidad interior. No sólo encuentra un reflejo de sus sentimientos — incluso en mitad de un extraño juego de poder de enorme ternura y humor — sino también, de su individualidad. Despojado de su propósito, libre por el momento del peso de su apellido y, además, con una mujer “loca” a su lado — aunque Sypha sonríe con ternura al escucharle llamarle de esa forma — el personaje gana en peso, en humanidad, pero, sobre todo, en su misteriosa cualidad para comprenderse como un sobreviviente a una larga y complicada estirpe que se enlaza con el misterio de forma directa. Cuando llega el momento de luchar, Trevor lo hará, pero mientras tanto, es también un hombre que susurra en voz baja sobre su aprecio a los gatos, que bromea entre dientes e incluso tiene tiempo para una nueva pelea. 

Para Sypha, la madurez llega al ser finalmente, una nómada desvinculada de su clan y el grupo de quien hereda conocimientos y nombres. Ahora es sólo Sypha, curiosa y cada vez más poderosa, convencida de la necesidad de luchar por el bien y sin duda, la mente más audaz y brillante de la narración. Es Sypha la que lleva a cuestas la convicción de la bondad y la necesidad de crear el bien, a medida que se suceden todo tipo de situaciones misteriosas a su alrededor.

Además, el amor también llegó para ella, pero en lugar de ensombrecer o diluir su brillo en una relación que pudiera definir su entereza, la hace incluso más firme y sin duda, elocuente en su necesidad de expresar ideas y convicciones. Es Sypha y sólo Sypha la gran memoria de una serie en la que los recuerdos y el conocimiento lo son todo. 

El nuevo territorio que atraviesa Castlevania en su tercera temporada es peligroso y resbaladizo, muy cerca de desplomarse en riesgos que, contados con menos sutileza e inteligencia, podrían resultar innecesarios. Desde la manipulación, los matrimonios mágicos, una cruda alegoría al abuso sexual y también, una mirada hacia un futuro que se sostiene sobre la posibilidad de crear algo más valioso que un homenaje a un fenómeno pop, Castlevania encuentra en sus nuevos capítulos lo que pocas adaptaciones llegan a alcanzar: su propio lugar como gran triunfo de imaginación y profunda capacidad para narrar una buena historia. 

Escrito por Aglaia

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